LEY DEL AMOR

El Universo no nos juzga; sólo nos provee de consecuencias, de lecciones y de oportunidades para equilibrarnos y aprender a través de la Ley de la causa y el efecto. La Compasión nace del reconocimiento que cada uno de nosotros lo estamos haciendo tan bien como podemos dentro de los límites de nuestras creencias y capacidades actuales.

Que yo alimente a los hambrientos, perdone un insulto, y ame al enemigo, éstas son grandes virtudes. Pero si tuviera que descubrir que los más pobres entre los mendigos y el más imprudente entre los ofensores están todos dentro de mí, y que yo sobrevivo necesitando de las limosnas de mi propia caridad; que yo mismo soy el enemigo que tiene que ser amado – ¿Entonces qué?

                                                                                                                                                                                                                                                               C.G.Jung

 

El comienzo del amar es la aceptación, el dejar de juzgarnos a nosotros mismos y a los demás. Cada uno de nosotros personalizó las críticas o culpas derivadas de las expectativas y percepciones de nuestros padres. Más adelante en nuestra vida, también nos volvemos presa del juicio de otros y, finalmente, del de nosotros mismos. Incluso pensamos en Dios como en un ser que no deja de juzgarnos para determinar al final de nuestra vida si seremos dignos de recompensas o sufrimiento. La ley del Amor nos señala que somos imagen y semejanza de Dios, no al revés… y Dios es Amor.  Lo que nos suceda en la vida no es consecuencia de un juicio divino, sino de nuestro libre albedrío del que la Sabiduría Divina se sirve para que aprendamos y crezcamos en libertad.

 

Si cometemos un error, la vida nos ofrecerá una serie de oportunidades para que podamos enmendarlo, convertirnos y restablecer el equilibrio nuevamente. No obstante, los juicios que hacemos suelen quitarnos la paz y generar desequilibrio en nuestra personalidad y en nuestras relaciones. Solemos juzgar desde nuestros criterios idealistas – o fatalistas – y eso nos lleva a ser injustos con nosotros mismos y con los demás por ser subjetivos. Juzgar la realidad nos suele llevar a resistirnos a ella, lo que puede provocar fuertes bloqueos en nuestra vida. Liberarse de los juicios abre las puertas del cambio. Comenzamos a amar cuando tratamos de ser lo mejor posible, aceptando nuestros errores – y los de los demás –, aprendiendo de ellos y procurando hacerlo un poco mejor la próxima vez, sin prejuicios.

 

Amar no es fácil pues exige trascender el sentimiento (o la falta de él) y centrarnos en el compromiso que lo cimenta, como todo lo valioso en la vida y en ese sentido puede doler por la exigencia y renuncia personal que requiere. Y, por supuesto, no se limita a sólo aceptar (no juzgar) a los demás, sino que implica también la continua labor de lograr que los demás se sepan – y sienten – importantes, y eso lo logramos a través de nuestra atención hacia ellos. Prestar atención a los demás constituye un poderoso – y fundamental – acto de amor y que requiere que salgamos de nuestro egoísmo y pretensión de ser los únicos poseedores de la verdad y la bondad. Prestarle atención a los demás implica escucharles de una manera “activa”, es decir, involucrándonos en sus pensamientos y sentimientos – aunque no coincidamos ni estemos de acuerdo con ellos – en un contexto de empatía y sintonía interior.

 

Nos esmeramos mucho en que los demás nos atiendan y entiendan y, en proporción, no buscamos con la misma diligencia (entrega) atender y entender a los demás. La Ley del Amor subraya que no se trata de entender a los demás en el sentido cognitivo (mental) del término, pues cada uno interpreta y experimenta la vida de una forma muy particular y única. Se trata más bien de ser comprensivos y compasivos con sus planteamientos, así como tolerantes con sus imperfecciones hasta donde la dignidad personal lo permite. No es fácil. Para ello se requiere primero de la aplicación de la Ley del Equilibrio, de la Elección, de los Procesos, de la Presencia y la Integridad en nuestras vidas para ponernos en condiciones de aplicar la Ley del Amor, sin duda, la más exigente de todas ellas. Sólo habiendo aplicado de manera habitual lo que determinan esas leyes podremos dejar de juzgar a los demás y prestarles atención sin sentirnos vulnerables. El amor que Dios nos tiene nos permite amar sin juzgar y atendiendo a los demás, más es necesario “experimentar” este amor en nuestro ser, antes de pretender experimentarlo en nuestro sentir. Y, para experimentarlo en nuestro ser, necesitamos liberarnos de lo que se opone a la experiencia espontánea del amor, es decir, necesitamos liberarnos del temor.

 

No me importa cuánto sabes, hasta que sepa cuánto te importo.

Anónimo  

 

Amar implica “ser útil” a los demás y eso significa, en concreto, prestarle nuestra ayuda a los que la necesitan, que no significa que “suplamos” lo que les corresponde hacer a ellos, sino que complementemos su esfuerzo con nuestro auxilio. Amar a los demás no implica resolverles la vida ni hacernos cargo de lo que les corresponde a ellos hacer, pero tampoco mostrarnos indiferentes a sus necesidades; hay que lograr el difícil equilibrio entre la exigencia a los demás y el apoyo que le requieren. Necesitamos de sabiduría y fortaleza para ello pues amar es la exigencia número uno de nuestra naturaleza y lo que, sin lugar a duda, contribuye a nuestra liberación y conversión internas. Mientras más amamos, menos tememos.

 

 

¡Hasta la Próxima! 

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Comentarios: 2
  • #1

    Rosa María Guerrero Ugalde (sábado, 29 agosto 2020 13:59)

    Querido Andrés pienso que si pusiéramos en práctica el amor los tiempos de crisis serían más llevaderos. Agradezco en infinito que me tomes en cuenta para tus certeras reflexiones! Besos

  • #2

    Rosario Aguilar (sábado, 29 agosto 2020 19:26)

    Buen día maestro Mares, efectivamente el amor trasciende nuestra naturaleza, está en nosotros y se da en la medida del compromiso de nuestro actuar